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Mecomolacabeza: "Los orígenes de la ciencia social"

15 julio 2011

"Los orígenes de la ciencia social"



Recensión Crítica:


"Los orígenes de la ciencia social. El desarrollo de la teoría de los cuatro estadios"


Autor: Ronald L. Meek


Título original: "Social Science and innoble Savage”


Traducción: Eulalia Pérez Sedeño.


ISBN:  84-323-0422-0


Edita: Siglo Veintiuno de España. 1981. Colección Teoría.


22 cm. 245 p.


 

 

Ronald Meek (1917-1978) realiza en este libro una brillante exposición sobre la formación y elaboración de la “Teoría de los cuatro estadios” (T4E) una de las primeras formulaciones sobre la idea del progreso humano y su motor de cambio, que establece que la sociedad ha evolucionado a lo largo de su historia pasando por estadios sucesivos basados en distintos modos de subsistencia: la caza, el pastoreo, la agricultura y el comercio.


Meek fue un reputado economista y científico social, nacido en Wellington, (Australia) donde realizó estudios en derecho. En 1940 marchó a Cambridge donde obtuvo el doctorado; posteriormente ejerció durante cinco años como Profesor de Economía Política en la Universidad de Glasgow, por lo que no nos ha de extrañar que se convierta en uno de los mayores expertos sobre Adam Smith. Finalmente, en 1963 ocupa la Cátedra “Tyler” de Economía en la Universidad de Leicester, puesto que desempeñaba en el momento de su muerte. Ronald L. Meek, considerado por sus colegas como uno de los mayores eruditos sobre el marxismo[i], fue también un estudioso del periodo que configuró las ideas de Marx, cuando surgen los primeros tratados sobre economía clásica.


En el libro que nos ocupa, escrito en su etapa de Leicester, nos dice que su propósito es demostrar la influencia de la literatura sobre los americanos en la formulación de la T4E en el s. XVIII, pero conforme avanzamos por sus páginas encontramos que consigue eso y mucho más, ya que hace un magnifico recorrido historiográfico en el que se remonta a las fuentes más antiguas para buscar los mimbres que sirvieron para forjar esta teoría. Así, queda claro que aunque Meek dice en su primer capítulo que pretende demostrar la decisiva aportación de la literatura sobre los americanos (p. 2) también sumará, a lo largo de su exposición, todas aquellas influencias y/o causas necesarias que hicieron posible la elaboración de esta teoría.


No es de extrañar, por este motivo, que en el primer capítulo por un lado, se remonte a autores como Lucrecio o Bodino y, por otro, nos introduzca tres debates y teorías vigentes en aquel tiempo, que contribuyeron a la construcción de la T4E. La primera es la importancia de la propiedad privada para el progreso de la humanidad –explicadas a través de la tríada de autores Grocio/Pufendorf/Locke–, la segunda era la búsqueda del motor de cambio histórico, que se vislumbre en la “ley de consecuencias involuntarias” y en autores como Bossuet –que anticipa a Turgot–, y, por último, la “querella antiguos y modernos” –que hasta ese momento no había pasado de ser una mera discusión sobre si las artes, las ciencias, la filosofía contemporáneas eran mejores o peores que las de la antigüedad clásica–. Ingredientes todos ellos que, en mayor o menor medida, influyen en los autores que fijarán la T4E.


Pero no son solo estos aspectos los que se repiten a lo largo de la obra, observamos también la importancia que tienen los trabajos sobre el Conocimiento de Locke, la obra de Montesquieu (y la Ilustración en general), la idea del “mal salvaje” frente a la del “buen salvaje” de Rousseau en el concepto del progreso, el papel que adquieren los estudios comparativos y la sensación de que el hombre y sus instituciones eran también “obra de sus circunstancias” (p.1).






Para un historiador el libro está muy bien estructurado y construido. Como vemos, se remonta a los antecedentes más lejanos (“la prehistoria de la T4E”), continua con lo que considera el desencadenante de la Teoría, (“Al principio todo el mundo era América”) para continuar en los dos capítulos siguientes con la exposición de su contenido por boca de sus protagonistas, exposición que será completada por sus “seguidores” en el capítulo V, y finaliza analizando la influencia de esta teoría en la economía y la poesía además de mostrar las primeras críticas a lo que se había convertido en pensamiento dominante a fines del s. XVIII

Hemos visto, pues, como Meek nos da los mimbres con los que se trenzará la teoría. Pero aunque los mimbres existan no podemos hacer una cesta sin que se rompan, hace falta más, hace falta agua que los ablandé y un cestero que sepa cómo hacerlo. Para el autor este desencadenante que hace posible que surja la T4E es la cada vez más abundante literatura sobre el “salvaje” americano. Por eso nos resalta, entre otros, los trabajos de Acosta, Ogylby y Lafitau (p. 42-64) que no solo se hicieron preguntas sobre el origen de estos pobladores sino que ofrecieron posibles respuestas.

De estos estudios bebieron los autores que, de manera casi simultánea en Escocia y Francia, fijaron los pilares de la T4E, siendo los primeros “cesteros” que elaboran en firme la teoría Turgot y Smith. Sobre el pensamiento de ambos Meek realiza el mismo camino que para su obra en general: sigue paso a paso la construcción de la teoría analizando como surgen en sus discursos los primeros indicios de la Teoría hasta quedar complemente fijada en sus escritos. Es de destacar el conocimiento y la erudición que muestra Ronald Meek sobre la vida y obra de estos personajes, y su capacidad para bucear en sus escritos y ofrecernos todas las pistas que son de interés para su estudio.

Cuando llegamos a estas dos grandes figuras lo hacemos tras haber visto como han ido madurando diversos conceptos y premisas, tales como los ya nombrados sobre la importancia de la forma de subsistencia como motor de cambio o la posibilidad de que estos estadios hayan sido consecutivos. A ello se unen las disquisiciones sobre el origen de los americanos, en las que se ha ido fijando la idea de que condiciones “iguales” producen “respuestas iguales” por parte de los humanos, lo que da pie a la introducción de conjeturas en el análisis.

El autor no se queda en la mera exposición de los hechos, sino que también intenta hacernos comprender el porqué del buen recibimiento de estas nuevas teorías revolucionarias para su época. Así, a los condicionantes que suponían las distintas formulaciones que ya hemos nombrado sobre la propiedad, el motor de cambio y la querella antiguos/modernos, añade, en primer lugar, “la rapidez del progreso económico contemporáneo” y el propio contraste en el desarrollo de distintas zonas de sus países que ellos mismos podían observar (p.126). En segundo lugar nos expone un componente ideológico, ya que la idea de progreso desde una sociedad como la América, sin instituciones, sin desigualdad aparente, etc. hasta una sociedad como la actual, les sirve para justificar la existencia de estas propias instituciones. Tal vez echamos de menos que profundicé algo más en estos aspectos, ya que desde el punto de vista historiográfico, podemos encontrar, como dijo Juan José Carreras, que “Había interés por superar el paradigma de la historia-crónica, buscando regularidades y abriéndose a conceptos generalizantes”[ii]. Aunque esta misma idea se puede inferir cuando Meek habla de que fueron los primeros autores que creyeron en la posibilidad de la introducción de leyes en el devenir de la historia.


No debemos entender este libro de Meek como una isla entre sus principales líneas de investigación, centradas en el Marx y en la economía clásica, ya que en diversos párrafos, tanto cuando reproduce los escritos de estos clásicos como cuando aporta sus propias reflexiones, podemos vislumbrar una camino hacia el establecimiento del materialismo histórico de Marx, cuyo pensamiento, dice Meek, “no forma un compartimento estanco sin relación con una historia previa […]”[iii]


Y no solo del campo del marxismo encontramos “prehistorias” en la T4E sino que podemos entrever el inicio de otros debates que todavía siguen vivos. De esta forma, las divergentes teorías sobre el origen de la población americana nos pueden recordar polémicas vigentes en prehistoria y antropología entre difusionismo cultural vs evolucionismo cultural autóctono. Y la polémica sobre el uso y validez de las conjeturas para el estudio de la historia, (como en el discurso de Adam Smith entre otros, muy criticado por Dugald Stewart en p. 116 y pp. 228-232) la polémica la podemos equiparar como antecedente de la discusión entre Historiadores y Sociólogos sobre la validez de la abstracción en el estudio histórico y la consiguiente posibilidad del establecimiento de leyes generales. Para Ronald Meek y en el caso de la T4E la crítica al uso de las conjeturas es exagerada ya que “la mayoría la aceptaron sólo cuando se vieron obligados a hacerlo” (p.233) y, a pesar de reconocer que estas conjeturas estaban contaminadas de cierto presentismo y eurocentrismo, considera que la magnitud de las acusaciones basadas en este hecho son desproporcionadas (p.238).


Por último, otra de las virtudes que nos aporta este libro es que nos muestra de manera espléndida como se produce el nacimiento de una teoría, como se gesta y de qué manera el diálogo entre autores y disciplinas diversas construye y asienta un pensamiento novedoso que acaba convertido en dominante. Pero si vamos un poco más allá, veremos que el libro nos enseña cómo en este tiempo se ponen los cimientos de unas ciencias cuyo objeto de estudio no es otro que el del hombre en sociedad. Con estos mimbres no solo se desarrolló la teoría de los cuatro estadios, sino que también se comienza a trenzar la cesta que contiene disciplinas tan cercanas como la sociología, la historia social y la historia económica.




 
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[i] Así lo definía Eyleen Apeelbaum en el obituario que le dedicó en el Journal of Post Keynesian Economics, Vol. 1, No. 3 (Spring, 1979), pp. 123-125. Entre otros méritos Appelbaum destaca que “Two of his books, Studies in the Labour Theory of Value (1956) and Economics and Ideology (1967) form an essential part of the intellectual capital shared by serious Marxist and radical thinkers, whatever their political distinctions”

[ii] HISTORIA de Aragón: Economía y Sociedad/ Juan José Carreras… [et al]. Zaragoza: Institución « Fernando el Católico», 1996. p. 13 (Edición electrónica: http://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/19/33/_ebook.pdf )

[iii] “Meek rejected the view that Marx's ideas formed a self-contained system with neither a prior history nor the possibility of subsequent development” en Ronald L. Meek, July 27, 1917-August 18, 1978. Eileen Appelbaum. Journal of Post Keynesian Economics, Vol. 1, No. 3 (Spring, 1979), p. 124.
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